Stranger Things: hablar de callar
Luego de una larga espera, llegó el día: hoy comienza la quinta temporada de Stranger Things.
Pero si tenías pensado maratonearla completa el fin de semana, te adelantamos que Netflix tiene otra propuesta preparada y esta vez la entrega se dividirá en tres partes:
Volumen 1: hoy, 26 de noviembre a las 22.00hs.
Volumen 2: 25 de diciembre.
Final: 31 de diciembre.
Y así, en partes, se despedirá la historia que nos llevó a los 80´s para hablarnos de necesidades que siguen tan vigentes como siempre: la unión, la fuerza y la salud mental. A través de la ciencia ficción, la serie explora las profundidades del comportamiento humano, y el mismo capítulo que provoca tensión y hasta impresión, puede desembocar en lágrimas de emoción al tocar fibras cotidianas y recordar que aprender a convivir con la oscuridad es un acto de amor y valentía permanente.

Spoilers y análisis: el otro lado que llevamos dentro
“Es como casa, pero muy oscuro, está vacío y hace mucho frío”, así responde Will Byers cuando Joyce, su mamá, le pregunta dónde está mientras lo ve a través de la pared y sin poder llegar a él. Esto ocurre en la primera temporada de Stranger Things, y se trata del caso que abre el interrogante que mantendrá en vilo a la comunidad de Hawkins: ¿qué es el otro lado (upside down)?
Will, de 12 años, desaparece una noche después de reunirse con sus amigos a jugar Calabozos y Dragones. Y, si bien la policía incluso encuentra un cuerpo con sus mismas características, Joyce se niega a creer que su hijo ya no volverá, por lo que en ningún momento abandona su intento de reencontrarse con él.
Will será el primero de varios personajes captados por “el otro lado”, pero no todos correrán su misma suerte, básicamente porque no todos tienen a personas tratando de manera desesperada reconectarse con ellos, entender dónde están y poder rescatarlos.
Pero Joyce no es la única en la ardua tarea de búsqueda. Los amigos de Will también están abocados a esto, pero tampoco tienen idea de cómo llegar a él. Es entonces cuando, a mi entender, se ve el verdadero poder de Eleven: la empatía, retratada aquí como telepatía.
Mike se encuentra con ella en el bosque mientras buscaba a su amigo desaparecido: el que quería volver y no podía porque estaba atrapado, mientras Eleven escapaba y era buscada para ser encerrada. Dos personas sin saber dónde están, una que sabe que el peligro es no volver, y la otra que siente que el riesgo es hacerlo. El punto es que Eleven llega en el momento justo. Ella tiene poderes sobrenaturales, el único antídoto para luchar contra ese “algo” que reside en un “otro lado” y que arrastra a la gente para siempre.
Es a través de estos poderes que logran escuchar a Will, pero ¿cómo lo hacen? Eleven se concentra mucho, de hecho, deja toda su energía en el proceso y logra visitar la mente del otro, ver qué está haciendo, cómo se siente, evaluar sin interferir, para lograr conocer el estado de situación y tomar cartas en el asunto.
Es aquí cuando la fuerza de la sensibilidad despliega su poder. Una nena criada en un entorno frío y gris, sometida a un sistema de premios y castigos permanente, que igual no pierde su inocencia y, en cuanto conoce la calidez de la amistad, pone a trabajar a sus poderes. Pero esta vez no para ganar un premio, sino para ayudar. Solo Eleven, mediante su concentración extrema, pudo ver a Will, sentir su miedo, traducir su mensaje. Y ese fue el punto de partida para rescatarlo de la oscuridad.
En la cuarta temporada todo resulta más explícito. Sí, “el otro lado” es aquello que atormenta, que no se puede decir. Pero también lo muestran más inmediato, una manera (a mi entender) algo simplista de representar el proceso devastador de un trastorno mental o un trauma, o ambos combinados. Sin embargo, hay dos situaciones que rescatan esa delicadeza de la primera temporada, en la que la búsqueda del otro lado no era solo para rescatar a Will, sino para entender la existencia de la oscuridad desde el amor, admitiendo que somos parte de ella y tenemos que aprender a transitarla a veces y ayudar a otros a hacerlo otras tantas.
Como decía, en la cuarta temporada tenemos por un lado a Max, que después de la muerte de su hermano siente culpa y soledad, al tiempo que no encuentra refugio en un padre ausente y una madre alcohólica. No puede manejar el desamparo que siente y se aísla de sus amigos, por lo que pareciera ser una víctima perfecta cuyo destino es, inevitablemente, el upside down, junto a Vecna, el rector de la mente colmena que elige, tortura y mata a sus víctimas.
“Estoy justo acá, podés hablarme ahora, contarme qué te pasa” le dice Lucas luego de que Max les da a todos cartas de despedida para después. De hecho, él se había dado cuenta del aislamiento de su amiga incluso antes de que su mente sea invadida, y fue por eso que le pidió que por favor busque algo que le guste, lo que sea, ante la actitud negadora de una Max a punto de perder el control de su mente. El caso es que esta recomendación tan básica se convierte en la clave irrefutable para salvarla. Cuando Max es arrastrada al Inframundo y con muy pocas posibilidades de evadir la muerte, llega esa solución. Otra vez la grandeza simple. Unos auriculares y “Running Up That Hill (A Deal with God)” de Kate Bush hacen su trabajo y son la fuerza de un escape para volver. Max, que se escabullía de las personas y de su propia cotidianidad, se emociona al darse cuenta que no tiene que poder con todo y que puede poner a descansar sus pensamientos, porque ve de primera mano que sí hay personas preocupadas y al pendiente, que están ahí para poner play cuando ella no puede.
Por otro lado, nos encontramos con una Eleven más grande, ya sin su fuerza sobrenatural e intentando, sin éxito, ser una más de la escuela dónde es víctima de bullying. Luego de un incidente con su acosadora (le partió la nariz con un patín después de ser humillada por enésima vez) Eleven se da cuenta que hay algo en el desborde de su fuerza que la incómoda y un recuerdo difuso vuelve a ella, y también lo hacen el Dr. Brenner y su equipo: llega el momento de bucear de nuevo en la mente. Un recurso claro, que reflejará la incomodidad de habitar lo profundo, pero que, en cada zambullida, por dolorosa que sea, se acerca a una verdad liberadora que la fortalecerá, pero desde la sutileza de su comprensión, de su interés por las personas.
“Estoy justo acá” es una de las frases que se repite en cada temporada, la dicen los que quieren volver y los que los buscan, pero encontrarse requiere entender la complejidad de esa premisa. Darse cuenta de que el otro está, aunque lo tengamos en frente, puede implicar bucear en ese espacio que “es como casa, pero muy oscuro, está vacío y hace frío”, para al fin encontrarlo y encontrarnos, poniendo en marcha un solo superpoder: la fuerza de la sensibilidad
