La Odisea y su elitismo difuso
Solo hay 41 salas en todo el mundo que pueden proyectar La Odisea en IMAX 70 mm a pantalla completa. El resto de los espectadores la verá en celuloide de 35 mm o 70 mm, IMAX digital o en digital estándar ¿Qué quiere decir esto para el público no snob? Absolutamente nada, pero marca una separación incluso antes de sentarte en la butaca de tu cine más cercano. Porque sí, la vas a terminar viendo en tu cine de confianza dado que de esas 41 salas ninguna es argentina, y en el único I-Max que hay, la lista de espera es eterna.
Al parecer, según especialistas, lo que se pierde es información del lateral, lo que hace la experiencia más inmersiva, pero si se trabaja bien el encuadre, afirman, esta pérdida no debería impactar en el relato.
Lo que sí es una auténtica pérdida es la manera en que se representan ciertas situaciones, personajes y espacios. Me animo a decir que, en el afán de sumar nombres famosos al elenco, se perdió la ambición por mostrar la grandeza de los representados.
Comencemos por Artemisa, diosa de la caza e hija de Zeus, sin dudas una deidad central con mucha tela para cortar. Pero por algún motivo Cristopher Nolan decide reducirla a movimientos de cabeza afirmativos y negativos en sus apariciones como producto de la mente de un hombre. Ella, que es adorada por pueblos enteros, queda a merced del pensamiento de un solo hombre para intervenir. Casi no tiene diálogo y en el asalto a Troya la agarran de los brazos y le cortan la cabeza. Jamás una deidad puede ser destruida por el hombre, por muchos que sean, por muy violentos, por mucha furia que haya, los dioses griegos pueden aplastar al humano siempre.
Pero claro, volvemos al elitismo y ahora con otra forma. Venden la película como un producto de consumo masivo, pero no lo es. Si no se conoce la historia de Artemisa es posible creer que se trata de una referencia griega a Gasparín.
Algo similar ocurre con Penélope. En la película se la representa como la que espera de manera pasiva, ilusa, omitiendo por completo la inteligencia de la reina de Ítaca que, en pantalla, desarma su telar de noche, pero delante de una mujer que luego la delata, un error que la astuta Penélope no hubiese cometido. Además, se simplifica su reconocimiento a Odiseo a la prueba de la flecha, cuando en realidad lo sometió a otras evaluaciones para demostrar su identidad. Si bien la película intenta demostrar que Penélope se esfuerza por mantener una autoridad, lo que logra es presentarla como la esposa fiel que espera escondida, y esa autoridad frente a los pretendientes no termina de concretarse hasta que llega Odiseo.
Si nos centramos en el personaje principal, su historia nos deja un interrogante que no permite terminar de definir el personaje: ¿Está arrepentido de su idea del caballo de Troya?, ¿la respuesta está en los laterales que se ven en las 41 salas especiales?
No lo sé, pero lo que sí sé es que para ver La Odisea hay que conocer un poco a los personajes, aceptar su reinterpretación y dejarse llevar por la reducción de la mitología griega a la espectacularidad plástica de Hollywood.
