Tesoros del norte uruguayo
Por encima y por debajo de la tierra, un circuito en los límites del país vecino atrae cada vez más argentinos. Búsqueda artesanal de oro en Minas de Corrales, piedras preciosas en Artigas, el área protegida de Lunarejo y los encantos de la triple frontera, entre free shops, cañaverales y esquila de ovejas.
Por Pablo Donadio
Fotos: PD y gentileza Raíces del Norte
Para muchos argentinos Uruguay es siempre un buen destino. Playas de mar y río, candombe y carnaval, y gastronomía que crece al calor de nuevos y jóvenes chefs. Todo, además, a la vuelta de la esquina, o como se dice, cruzando el charco. Ahora, su región norte, la menos explorada, ya no es sólo patrimonio de quienes cruzan el país con destino a Brasil.
Un brillo violeta
A unos 700 kilómetros de Buenos Aires, Artigas guarda la fisonomía de una ciudad, pero su tamaño permite recorrerla en un par de días. Aunque no se debe a ello su fama, sino a la extracción de amatistas.
No hay mejor manera de comprobarlo que en el Safari Minero, un recorrido que invita a alejarse unos kilómetros hacia el este para entrar en las cárcavas y socavones donde se extraen estas impresionantes gemas.
La salida se inicia en el hotel (www.hotelartigas.com), que cuenta con una amplia variedad de servicios y comodidades, incluyendo un casino y un restaurante de cara al río. “La extracción de amatistas es parte de nuestra cultura y un recurso económico del departamento”, asegura Mateo Acosta, a cargo del Hotel Casino San Eugenio del Cuareim y uno de los responsables del circuito. “Yo diría que Raíces del Norte conjuga la diversidad de experiencias con la calidez de la gente de campo”, asegura.
La vivencia en las minas es sorprendente. Al bajar del transfer que lleva a la boca de los socavones, el grupo entra y todo se ensombrece. De a poco, las pupilas se adaptan y el relato del guía remonta la historia geológica y cultural del área, así como el proceso de extracción y pulido a cargo de avezados talleristas, quienes logran el trabajo final y dejan la piedra para deleite de algunos turistas como para las grandes exportaciones a China. Allí, bajo la tierra, el violeta profundo empieza a revelarse cargado de belleza, mientras desandamos galerías, angostos pasillos y paredes cóncavas. Al concluir, cada visitante puede animarse a recoger su propia piedra preciosa.

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Esquila, cañas y frontera
Desde Artigas, se abre en “V” un camino que conduce a destinos igualmente interesantes.
El primero es Baltasar Brum, conocido como el corazón del campo uruguayo. Y en el establecimiento Santo Domingo la pasión por la tradición se vive con una singular característica: son los reyes del manejo del ganado con perros adiestrados. Dirigido por Javier y Rafaela, el lugar tiene una propuesta única para quienes buscan conectar con la esencia campera y saborear también recetas caseras. Javier, además, es experto en esquila.
Hacia el otro punto cardinal queda Bella Unión, otro pueblo campero, pero de triple frontera y mayor circulación. Allí se produce el azúcar que se usa en cada café, restaurante y casa uruguaya, gracias a la caña plantada desde hace décadas. “Éste siempre ha sido un lugar de trabajo colectivo, herencia familiar y lucha por los derechos laborales”, aclaran en el bellísimo Hotel Has (www.hashotelboutique.com), un rincón de descanso donde se concreta el conocido Paseo de la Caña. Su recorrido alterna los paisajes de triple frontera, ya que en Bella Unión confluyen Uruguay, Brasil (Barra do Quaraí) y Argentina (Monte Caseros), y entonces no faltan free shops ni diálogos en un difuso portuñol, compras mediante.
Cerquita, otro punto alto lo da el restaurante La Chacra, especializado en comidas caseras y parrilla uruguaya. Su huerta orgánica se recorre contemplando frutos y colores que parecen elementos de decoración, destacando el valor educativo y sostenible de la experiencia culinaria.

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Sobre el acuífero
“Soy de Tranqueras, un pueblito al sur de Lunarejo. A los 16 me fui a Montevideo para estudiar ingeniería en sistemas y fundé una empresa de software. Pero quise desarrollar proyectos con impacto donde nací, y así nació Villa Pancha”, se presenta Juan Suárez (46) desde un entorno donde brotan todos los tonos del verde, y cuesta despegar la vista del cerro al que parecen haberle dado una rebanada.
Desconocido incluso para muchos uruguayos, el Valle del Lunarejo es una joya geológica, un refugio de biodiversidad y riqueza también humana. Ubicada sobre una cuchilla que es parte de la formación basáltica de Arapey, esta región con 300 millones de años fue declarada área protegida en 2009 debido al avance de la explotación forestal y por ser ni más ni menos que el “techo” más delgado del acuífero guaraní. Con servicios de hotelería y aires de glamping, todo se maneja online. “No hay recepción. La libertad para andar es una de nuestras características”, cuenta Suárez.
A través de la web (www.lunarejo.villapancha.uy) se puede contratar también desayuno, almuerzo, merienda o cena, que se recibe en la puerta cada día. Del mismo modo, se coordinan excursiones en alianza con operadores turísticos del lugar, por ejemplo, a la cercana Cascada del Indio, o un paseo en camión sobre el arroyo Lunarejo. En el complejo hay casitas con decks en altura (lodges), baño privado y cocina, aire acondicionado y cama matrimonial. También un espacio de cowork, una sala de juegos, rincones de descanso y una estufa a leña. El resto, es verde y paz absoluta.

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Un destino que vale oro
Ya más al este, la ruta serpentea como una víbora plateada hasta llegar a Minas de Corrales, el curioso pueblo ubicado a 90 kilómetros de Rivera, una de las fronteras elegidas por los argentinos con destino a Brasil. Allí nos recibe Edelweiss Oliver, en la puerta de la Posada del Minero (www.delminero.uy) un hospedaje que atomiza la historia lugareña, y hace muy poquito fue galardonado como PyME uruguaya del año. “Suena raro. Pero la actividad minera fue muy intensa hasta hace unos años. Incluso hoy hay rumores de una posible reapertura”, amplía Oliver. Corrales surge casi por casualidad hacia fines del 1800 sobre las propias minas, sin planificación, ni plaza, ni orden urbano alguno. “Se trabajaba abajo como en una suerte de queso gruyere, y arriba se armaban calles, negocios y viviendas”, relata Mercedes Viana, esposa y socia de Oliver. Abierta en 1887, la posada tuvo varios dueños, y nombres emblemáticos hasta la llegada de la pareja. Hoy cuenta con 22 habitaciones, un salón ambientado como un viejo bodegón y un restaurante donde es imperdible la hamburguesa del minero con su pan de carbón activado. Pero la gente llega para buscar oro. Sí, oro. “A las chicas las conocí por la música, y al rato andábamos hurgando ríos y armando salidas con los turistas, a los que les gusta el recitado y la guitarra, pero más el oro”, bromea Javier Carreira, guía y garimpeiro. Según él, si se aplica algo de física, geología y sentido común, nada puede fallar.

