En su eje

En su eje

31 mayo, 2020 0 By Pablo Donadio

Dibujante y publicista, pintor y escenógrafo, Facundo Lozano sabe administrar el tiempo para no descuidar su lugar en el mundo: el atelier. Ese refugio del barrio Abasto revive el campo y las figuras, los colores y las formas, la vida…

El mirador

Aunque a veces imperceptibles, hay aspectos que moldean nuestra infancia, y por ello, mucho de lo que ha de venir. Como una esponja, la niñez atrapa y contornea, capta, imita y resignifica el espacio, la naturaleza, las personas cercanas, las ausencias. A los pocos meses de vida Facundo Lozano (57) dejó la Ciudad de Buenos Aires y su familia se instaló en Trancas, al norte de la provincia de Tucumán, casi al límite con Salta. Allí pasó sus diez primeros años en un ambiente rural, rodeado de cerros y campos labrados, de montes y fardos apilados que hoy parecen salir de sus pinturas. Cuentan, incluso, que de chico expresaba una gran necesidad de dibujar y pintar, y a los seis ya se daba maña para las figuras humanas y los animales de proporciones exactas. Esos dibujos, detallistas y llenos de movimiento, expresaban como hoy, un conocimiento en detalle de lo campero. “Tengo suerte de ser un artista que vende desde su taller, y si bien expuse en muchos lugares y distintos países, a la mayoría de la gente le gusta participar mientras estoy en el proceso creativo, acercarse y sentir qué pasa ahí. Me gusta, porque ese vínculo aleja la solemnidad y humaniza la obra”, dice afincado ya en tierrasporteñas, en el cultural, artístico y cada vez reluciente barrio Abasto.  

Reposo

¿Todo empieza cuando niños?

Sí, en mi caso apareció muy temprano, y desde chiquito comprendí que ese deseo por dibujar y pintar me acompañaría toda la vida. Lo vi cuando se transformó en una necesidad compulsiva que me daba tanta felicidad que hasta lo volcaba en papeles, chapas, maderas o el interior de las tapas de los discos, lo que me llevó en la adolescencia a aceptar que debía encauzar un poco lo que hasta ese momento era espontáneo. Todo pasó rápido: de las clases en Estímulo de Bellas Artes pasé a la carrera de Publicidad en la USAL y a trabajar como Director de Arte. Fue una etapa muy formativa ya que se trataba de puestas a mano vinculadas con el muralismo, la escenografía, el dibujo y la pintura. Pero claro, tanta cercanía con el teatro me despertó la necesidad de usarlo también como método expresivo, y allí fui: tomé clases con Julio Chávez y con Augusto Fernández, que me abrieron el camino a la escenografía y al diseño de espacios creativos capaces de contener una historia y ser parte de un argumento. 

Vértigo

Más que un giro, fue entonces un aporte complementario…

Sí, podría decir que comenzó una etapa especial de mi vida, la de escenógrafo que firmó los diseños de óperas como La Traviata, Carmen, Elixir D’Amore, La Flauta Mágica, La Cenerentola, y otras, además de musicales -comedia y drama-, dirigidas por grandes como Norma Aleandro, Daniel Suárez Marzal, Eva Halac o Ricky Pashkus, que se pusieron en las carteleras del Teatro Nacional Cervantes, el Argentino de La Plata, el Luna Park, el Roma de Avellaneda, el Mitre de Jujuy y varios en la Avenida Corrientes. 

Desde lo alto

¿Cómo fue la experiencia en el Konex y en el Bicentenario?

Fueron enormes recompensas. Por un lado me convocaron para la ambientación del Centro Cultural Konex, y trabajé en las escenografías del musical Rent y de la ópera La Boheme. Y también recibí en 2010 el llamado de la gobernación de la provincia de Buenos Aires para desempeñarme como Director de Arte en la puesta sobre el Bicentenario de la Revolución de Mayo de 1810, con la colaboración del Teatro Colón, y que se realizó en las calles y parques de Palermo con ambientaciones de época.

El que no se escondió

¿Toda esa vorágine no atentó contra el pintor?

Todo lo contrario, porque la etapa del taller y las muestras fue como una decantación de todo eso que absorbí y que hoy dejo salir en formas y paletas que quieren nacer. La exposición en mi taller del Abasto está dedicada íntegramente a la pintura y el diseño, la base y la esencia, que desde el comienzo se abrió también a otras ramas del arte que comenzaban a ser a través del lienzo o del papel. Mi cabeza siempre está imaginando: me gusta volcar eso sin buscar un prototipo exterior que me remita a lo demasiado realista. Mi necesidad de expresión abarca muchos estilos, por eso no me puedo definir como un artista vanguardista, clásico o pop, prefiero definirme como artista, simplemente. Y el taller es donde la expresión y el Facundo genuino aparece sin miedos y todo empieza a tener sentido. Es el lugar donde no tengo necesidad de preocuparme por si parezco un tipo parco, solitario o simpático. Allí estoy conmigo y mi esencia, y eso me gratifica. La introspección y la concentración está puesta con tanta fuerza sobre la obra que a veces me olvido de comer o que tengo una vida social y cotidiana que atender.

Vértgo

¿Cuando una obra se vende, se disfruta, se padece el desprendimiento, o ambas?

Me gusta mucho el tiempo de creación de la obra. Cuando está terminada deja de ser mía, toma vida propia y llega a su dueño. Ahí para mí comienza a tener sentido el proceso de haberla creado. La persona que tiene un cuadro original para disfrutar en su casa, su oficina o un salón, tiene la certeza de que esa obra es propia, única y permanente, aún más que el auto o el reloj más exclusivo, que también tienen réplica. La cosa cambió mucho… hoy hay una marcada tendencia hacia los regalos de arte con sello único y personal, con un valor que perdura en el tiempo, con la ventaja de distintos medios de pago y la difusión y acercamiento que aportan las redes sociales.

+ info

Visitas al atelier, (+5411) 5890 8114 / 5467 1996

IG: facloz

facebook.com/facundo.lozano

Mail: facundoalozano@gmail.com